¿POR QUÉ EN MAIPÚ (Y EN ARGENTINA) AMAMOS TANTO A GILDA? ¿ALGUIEN ME LO PODRÍA EXPLICAR?
Una exmaestra jardinera de Villa Devoto, flaquita, de mirada transparente y vestida con túnicas azules y coronas de flores. En lugar de gritar, cantaba con la dulzura de quien te está contando un secreto al oído. Compuso sus propios temas —algo rarísimo para la época en el género— y le habló al amor y al desamor desde un lugar de absoluta dignidad.
Sentado en el living de casa, mirando la pantalla, mientras baja el sol. Suena de fondo, reproducido desde ese vetusto armatoste llamado TV, “No me arrepiento de este amor”. Admito algo de entrada, yo soy más del rock nacional. Mi hábitat natural siempre fue otro, las letras crípticas, violas agudas.. es que soy de los que se criaron escuchando a Charly, Los Piojos, Spinetta, los Redondos, y también un poco de Soda. Sin embargo, cuando empieza a sonar ese acordeón dulce y la voz suave de Miriam Alejandra Bianchi, algo adentro cambia, cómo si se rompiera una baranda... y de golpe me descubro tarareando, sonriendo, cantando a los gritos el estribillo.
Y ahí es cuando me salta la pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué en Maipú, en Mendoza y en cada rincón de este país tan impredecible, amamos tanto a Gilda? ¿Alguien me lo podría explicar?
Me lo pregunto en voz alta y trato de responderse a mí mismo, aunque me lleno de dudas en el camino. ¿Será por la música en sí? Quizás.
Pero analicémoslo: en los noventa, la bailanta estaba dominada por un ritmo tropical pesado, hipersexualizado, donde la mujer solía ser relegada a un rol puramente decorativo o de comparsa. Y de repente aparece ella.

Foto de Miriam Alejandra Bianchi, cuando empezaba su carrera como Gilda.
Una exmaestra jardinera de Villa Devoto, flaquita, de mirada transparente y vestida con túnicas azules y coronas de flores. En lugar de gritar, cantaba con la dulzura de quien te está contando un secreto al oído. Compuso sus propios temas —algo rarísimo para la época en el género— y le habló al amor y al desamor desde un lugar de absoluta dignidad. Pero... ¿alcanza con la innovación musical para generar semejante fenómeno? No sé, me da la sensación de que se queda corto.
Quizás sea por su historia de vida, me digo, mientras le doy un sorbo al mate. Gilda era una piba de clase media que pateó el tablero pasados los treinta años. Dejó la estabilidad, un matrimonio que no funcionaba y el mandato social para perseguir un sueño en un ambiente hostil, machista y manejado por productores algo pesados de la cumbia de los 90. Nos identificamos con eso, ¿no? Con la que la pelea desde abajo, con la que no se rinde ante los "no" que te devuelve la vida. Hay algo profundamente argentino en esa resistencia silenciosa.
Pero hay un límite que se cruzó y que va mucho más allá de la biografía de una artista. ¿Cuándo dejó de ser una cantante para convertirse en un mito?
En vida, las crónicas de la época y sus biógrafos ya contaban cosas insólitas. La gente se le acercaba en los recitales en el Norte argentino no solo para pedirle un autófrafo, sino para tocarle las manos. Estaba el caso famoso de la nena que le hacía escuchar sus canciones a la abuela enferma para que sanara, o gente que afirmaba que su voz curaba el dolor. Ella se incomodaba, decía que no hacía milagros, que el único poder que tenía era el de la música y el afecto. Pero la necesidad de creer de un pueblo golpeado a veces es más fuerte que cualquier explicación racional.

Un altar a su nombre.. como tantos que se esparcieron por el país.
Y después vino el choque trágico del 7 de septiembre de 1996 en el kilómetro 129 de la Ruta 12, en Entre Ríos. La muerte de la mujer dio paso al nacer de la "Santa Pagana". El colectivo volcado se convirtió en un santuario cubierto de flores, patentes, cartas de agradecimiento y escarpines.
Ahí es donde, a quienes somos de los 70, 80 o 90, y tenemos otros gustos musicales, igual se nos cuela en la cabeza. Gilda rompió todas las fronteras de clase y de género musical. No importa si escuchás punk, folclore, trap o rock nacional: “Se me ha perdido un corazón” o “Corazón valiente” te atraviesan el pecho por igual. Son himnos transversales. Cruzó el límite porque su propuesta no venía desde la pose, sino desde una verdad humana desarmante.

Natalia Oreiro interpretó a Gilda, en el film que narra su vida.
¿Será que la amamos porque representa una especie de consuelo colectivo? Tal vez sea eso. Vivimos en un país complejo, convulsionado, donde la cotidianeidad muchas veces abruma. Y la figura de Gilda transmite una paz limpia, una melancolía que no te hunde, sino que te abraza y te invita a bailar. Es el milagro de transformar la tristeza en fiesta.
Quizás no haya una sola respuesta matemática. Tal vez no se necesite. Acá estamos, en la tierra del Superdeportivo Maipú, disfrutando unos amargos y rindiéndonos ante la evidencia: la cumbia de Gilda no es solo música, es parte de nuestro ADN emocional. Y yo, pese a que siempre elegí las guitarras eléctricas, estoy con una sonrisa dibujada en el rostro, contemplando esa corona de flores.