EL NIÑO DE LAS CATITAS QUE SE VOLVIÓ EL ALMA DEL PUEBLO
Leonardo Favio, entre la tierra árida que lo vio nacer y la cultura popular que él mismo forjó
Hay lugares que marcan a las personas antes de que estas puedan siquiera entenderlo. El distrito de Las Catitas, en el departamento mendocino de Santa Rosa, es uno de esos lugares. Un rincón de tierra caliente, horizonte ancho y silencios que pesan, donde el 28 de mayo de 1938 nació un hombre que con el tiempo se convertiría en una de las voces más hondas de la cultura popular argentina. Se llamaba Fuad Jorge Jury Olivera. El mundo lo conocería como Leonardo Favio.
No fue una infancia de privilegios. Fue, en cambio, la infancia que él mismo retrataría en sus películas: una infancia de carencias, de calles polvorientas, de afectos rotos. Su padre abandonó el hogar temprano. Su madre, Laura Favio —actriz y escritora de radioteatros, mujer de una sensibilidad que sin duda le transfirió a su hijo—, sostuvo a la familia en un contexto de vulnerabilidad que marcaría para siempre la mirada del futuro director. Las Catitas no fue solo el lugar donde nació: fue el lugar donde aprendió a ver el mundo desde abajo, desde los márgenes, desde la belleza austera de los que no tienen nada salvo dignidad.

De Las Catitas al cine: una trayectoria que nunca olvidó su origen
Los vaivenes de la vida llevaron a Favio lejos de Mendoza. Luján de Cuyo, Buenos Aires, reformatorios infantiles. Una adolescencia errante que, en manos de otro, podría haber terminado en el olvido. Pero Favio tenía algo que ningún reformatorio pudo apagar: una sensibilidad feroz y una necesidad urgente de contar.
Con apenas 27 años, en 1965, dirigió Crónica de un niño solo, una película que sacudió al cine argentino con la fuerza de quien habla de lo que conoce. La historia de un menor en un reformatorio rural no era ficción pura: era memoria. Era Las Catitas. Era él mismo. La crítica la reconoció de inmediato como una obra maestra, y así lo ha confirmado el tiempo: hoy figura entre las películas más importantes de la historia del cine latinoamericano.
Vendrían después El romance del Aniceto y la Francisca (1967), El dependiente (1969), Nazareno Cruz y el lobo (1975) —el film más visto de la historia argentina hasta ese momento— y Gatica, el Mono (1993), su regreso triunfal al cine tras años de exilio. Cada una de estas películas lleva la misma impronta: la mirada poética y compasiva de alguien que nunca dejó de identificarse con los trabajadores, los peones, los excluidos, los que el cine argentino convencional había ignorado durante décadas.

La voz que vendió millones: el Favio cantor
Resulta difícil pensar en otro artista argentino que haya dominado con igual destreza dos lenguajes tan distintos como el cine y la música popular. Favio lo hizo. En 1969, cuando ya era un director consagrado, lanzó Fuiste mía un verano y se convirtió también en ídolo de masas. Su voz —cálida, vulnerable, con un vibrato inconfundible— llegó a rincones donde sus películas quizás tardaron más en llegar.
Vendió millones de discos. Llenó estadios. Fue el artista más convocado de su generación en los escenarios populares. Pero la fama no lo alejó de sus convicciones: Favio nunca dejó de ser el chico de Las Catitas que miraba el mundo con los ojos bien abiertos y una ternura sin concesiones.
Su compromiso político tampoco fue decorativo. Fue militante, fue exiliado, fue silenciado. Y volvió. Siempre volvió, fiel a sí mismo, fiel a los sectores que nunca se cansó de representar.

Santa Rosa lo recuerda: el legado hecho piedra y luz
Leonardo Favio murió el 5 de noviembre de 2012. Pero en Las Catitas, su muerte no fue un final. Fue el comienzo de una memoria activa.
El municipio de Santa Rosa emprendió un trabajo sostenido de recuperación de su figura, con la convicción de que las nuevas generaciones merecen conocer de cerca a su hijo más célebre. Hoy, transitar el distrito es encontrarse con Favio en cada esquina.
Sobre la Avenida Eulalia Calderón, el Paseo Cultural Leonardo Favio ofrece un recorrido visual por su filmografía: iluminarias que sostienen gigantografías de sus películas, coronadas por una escultura en tamaño real del director. No es un monumento frío ni institucional: es una invitación a detenerse, a mirar, a recordar.
A pocos metros del lugar exacto donde nació, una placa histórica conmemorativa rinde tributo permanente a sus primeros días en el mundo. Un gesto sencillo y poderoso: marcar el punto exacto donde comenzó todo.
Y quizás el homenaje más vivo, el que mira hacia adelante en lugar de solo hacia atrás, es la Escuela Artística Vocacional Leonardo Favio Juri. La institución funciona como semillero de talentos locales en música, danza, teatro y artes visuales. No es casualidad que lleve su nombre: es un acto de continuidad. Favio demostró que desde Las Catitas se puede llegar a conmover a un continente; la escuela le dice a cada alumno que eso sigue siendo posible.
La semilla cuyano-popular
Hay una tentación fácil cuando se habla de figuras como Favio: convertirlas en estatua, congelarlas en el tiempo de los reconocimientos oficiales. Santa Rosa resiste esa tentación. La apuesta del municipio no es solo conmemorar a un muerto ilustre: es mantener viva la pregunta que él encaró toda su vida, ¿qué historias merecen ser contadas y quiénes merecen verlas?
Leonardo Favio fue, en esencia, aquel niño cuyano que aprendió a observar el mundo desde los márgenes para terminar ubicándolo en el centro exacto del corazón popular. No necesitó renegar de su origen para conquistar la escena nacional e internacional. Al contrario: cuanto más profundamente honró su experiencia —la pobreza, el desarraigo, la ternura aprendida a fuerza de carecer—, más universal se volvió su obra.
Las Catitas lo sabe. Y por eso lo recuerda no como una reliquia del pasado, sino como una brújula para el presente.
Fuentes: Archivo del Municipio de Santa Rosa (Mendoza), Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken, Cineteca Nacional Argentina, registros biográficos de referencia.